sábado, 30 de octubre de 2010

LAS 95 TESIS

M

Por amor a la verdad y en el afán de sacarla a luz,

se discutirán en Wittenberg las siguientes proposiciones

bajo la presidencia del R. P. Martín Lutero,

Maestro en Artes y en Sagrada Escritura y

Profesor Ordinario de esta última disciplina en

esa localidad. Por tal razón, ruega que los que no

puedan estar presentes y debatir oralmente con

nosotros, lo hagan, aunque ausentes, por escrito.

En el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Amén.

1. Cuando nuestro Señor y Maestro Jesucristo

dijo: "Haced penitencia...", ha querido que

toda la vida de los creyentes fuera penitencia.

2. Este término no puede entenderse en el

sentido de la penitencia sacramental (es

decir, de aquella relacionada con la confesión

y satisfacción) que se celebra por el

ministerio de los sacerdotes.

3. Sin embargo, el vocablo no apunta solamente

a una penitencia interior; antes bien,

una penitencia interna es nula si no obra

exteriormente diversas mortificaciones de

la carne.

4. En consecuencia, subsiste la pena mientras

perdura el odio al propio yo (es decir, la

verdadera penitencia interior), lo que significa

que ella continúa hasta la entrada en el

reino de los cielos.

5. El Papa no quiere ni puede remitir culpa

alguna, salvo aquella que él ha impuesto,

sea por su arbitrio, sea por conformidad a

los cánones.

6. El Papa no puede remitir culpa alguna, sino

declarando y testimoniando que ha sido

remitida por Dios, o remitiéndola con certeza

en los casos que se ha reservado. Si éstos

fuesen menospreciados, la culpa subsistirá

íntegramente.

7. De ningún modo Dios remite la culpa a

nadie, sin que al mismo tiempo lo humille y

lo someta en todas las cosas al sacerdote,

su vicario.

8. Los cánones penitenciales han sido impuestos

únicamente a los vivientes y nada

debe ser impuesto a los moribundos basándose

en los cánones.

9. Por ello, el Espíritu Santo nos beneficia en

la persona del Papa, quien en sus decretos

siempre hace una excepción en caso de

muerte y de necesidad.

10. Mal y torpemente proceden los sacerdotes

que reservan a los moribundos penas canónicas

en el purgatorio.

11. Esta cizaña, cual la de transformar la pena

canónica en pena para el purgatorio, parece

por cierto haber sido sembrada mientras

los obispos dormían.

12. Antiguamente las penas canónicas no se

imponían después sino antes de la absolución,

como prueba de la verdadera contrición.

13. Los moribundos son absueltos de todas sus

culpas a causa de la muerte y ya son muertos

para las leyes canónicas, quedando de

derecho exentos de ellas.

14. Una pureza o caridad imperfectas traen

consigo para el moribundo, necesariamente,

gran miedo; el cual es tanto mayor

cuanto menor sean aquéllas.

15. Este temor y horror son suficientes por sí

solos (por no hablar de otras cosas) para

constituir la pena del purgatorio, puesto

que están muy cerca del horror de la desesperación.

16. Al parecer, el infierno, el purgatorio y el

cielo difieren entre sí como la desesperación,

la cuasi desesperación y al seguridad

de la salvación.

17. Parece necesario para las almas del purgatorio

que a medida que disminuya el

horror, aumente la caridad.

18. Y no parece probado, sea por la razón o por

las Escrituras, que estas almas estén excluidas

del estado de mérito o del crecimiento

en la caridad.

19. Y tampoco parece probado que las almas

en el purgatorio, al menos en su totalidad,

tengan plena certeza de su bienaventuranza

ni aún en el caso de que nosotros podamos

estar completamente seguros de ello.

20. Por tanto, cuando el Papa habla de remisión

plenaria de todas las penas, significasimplemente el perdón de todas ellas, sino

solamente el de aquellas que él mismo impuso.

21. En consecuencia, yerran aquellos predicadores

de indulgencias que afirman que el

hombre es absuelto a la vez que salvo de

toda pena, a causa de las indulgencias del

Papa.

22. De modo que el Papa no remite pena alguna

a las almas del purgatorio que, según los

cánones, ellas debían haber pagado en esta

vida.

23. Si a alguien se le puede conceder en todo

sentido una remisión de todas las penas, es

seguro que ello solamente puede otorgarse

a los más perfectos, es decir, muy pocos.

24. Por esta razón, la mayor parte de la gente

es necesariamente engañada por esa indiscriminada

y jactanciosa promesa de la liberación

de las penas.

25. El poder que el Papa tiene universalmente

sobre el purgatorio, cualquier obispo o cura

lo posee en particular sobre su diócesis o

parroquia.

26. Muy bien procede el Papa al dar la remisión

a las almas del purgatorio, no en virtud

del poder de las llaves (que no posee),

sino por vía de la intercesión.

27. Mera doctrina humana predican aquellos

que aseveran que tan pronto suena la moneda

que se echa en la caja, el alma sale volando.

28. Cierto es que, cuando al tintinear, la moneda

cae en la caja, el lucro y la avaricia pueden

ir en aumento, más la intercesión de la

Iglesia depende sólo de la voluntad de Dios.

29. ¿Quién sabe, acaso, si todas las almas del

purgatorio desean ser redimidas? Hay que

recordar lo que, según la leyenda, aconteció

con San Severino y San Pascual.

30. Nadie está seguro de la sinceridad de su

propia contrición y mucho menos de que

haya obtenido la remisión plenaria.

31. Cuán raro es el hombre verdaderamente

penitente, tan raro como el que en verdad

adquiere indulgencias; es decir, que el tal

es rarísimo.

32. Serán eternamente condenados junto con

sus maestros, aquellos que crean estar seguros

de su salvación mediante una carta

de indulgencias.

33. Hemos de cuidarnos mucho de aquellos

que afirman que las indulgencias del Papa

son el inestimable don divino por el cual el

hombre es reconciliado con Dios.

34. Pues aquellas gracias de perdón sólo se

refieren a las penas de la satisfacción sacramental,

las cuales han sido establecidas

por los hombres.

35. Predican una doctrina anticristiana aquellos

que enseñan que no es necesaria la

contrición para los que rescatan almas o

confessionalia.

36. Cualquier cristiano verdaderamente arrepentido

tiene derecho a la remisión plenaria

de pena y culpa, aun sin carta de indulgencias.

37. Cualquier cristiano verdadero, sea que esté

vivo o muerto, tiene participación en todos

lo bienes de Cristo y de la Iglesia; esta participación

le ha sido concedida por Dios,

aun sin cartas de indulgencias.

38. No obstante, la remisión y la participación

otorgadas por el Papa no han de menospreciarse

en manera alguna, porque, como ya

he dicho, constituyen un anuncio de la remisión

divina.

39. Es dificilísimo hasta para los teólogos más

brillantes, ensalzar al mismo tiempo, ante

el pueblo. La prodigalidad de las indulgencias

y la verdad de la contrición.

40. La verdadera contrición busca y ama las

penas, pero la profusión de las indulgencias

relaja y hace que las penas sean odiadas;

por lo menos, da ocasión para ello.

41. Las indulgencias apostólicas deben predicarse

con cautela para que el pueblo no

crea equivocadamente que deban ser preferidas

a las demás buenas obras de caridad.

42. Debe enseñarse a los cristianos que no es la

intención del Papa, en manera alguna, que

la compra de indulgencias se compare con

las obras de misericordia.

43. Hay que instruir a los cristianos que aquel

que socorre al pobre o ayuda al indigente,

realiza una obra mayor que si comprase indulgencias.

44. Porque la caridad crece por la obra de caridad

y el hombre llega a ser mejor; en cambio,

 no lo es por las indulgencias, sino a lo

mas, liberado de la pena.

45. Debe enseñarse a los cristianos que el que

ve a un indigente y, sin prestarle atención,

da su dinero para comprar indulgencias, lo

que obtiene en verdad no son las indulgencias

papales, sino la indignación de Dios.

46. Debe enseñarse a los cristianos que, si no

son colmados de bienes superfluos, están

obligados a retener lo necesario para su casa

y de ningún modo derrocharlo en indulgencias.

47. Debe enseñarse a los cristianos que la

compra de indulgencias queda librada a la

propia voluntad y no constituye obligación.

48. Se debe enseñar a los cristianos que, al

otorgar indulgencias, el Papa tanto más necesita

cuanto desea una oración ferviente

por su persona, antes que dinero en efectivo.

49. Hay que enseñar a los cristianos que las

indulgencias papales son útiles si en ellas

no ponen su confianza, pero muy nocivas

si, a causa de ellas, pierden el temor de

Dios.

50. Debe enseñarse a los cristianos que si el

Papa conociera las exacciones de los predicadores

de indulgencias, preferiría que la

basílica de San Pedro se redujese a cenizas

antes que construirla con la piel, la carne y

los huesos de sus ovejas.

51. Debe enseñarse a los cristianos que el Papa

estaría dispuesto, como es su deber, a dar

de su peculio a muchísimos de aquellos a

los cuales los pregoneros de indulgencias

sonsacaron el dinero aun cuando para ello

tuviera que vender la basílica de San Pedro,

si fuera menester.

52. Vana es la confianza en la salvación por

medio de una carta de indulgencias, aunque

el comisario y hasta el mismo Papa pusieran

su misma alma como prenda.

53. Son enemigos de Cristo y del Papa los que,

para predicar indulgencias, ordenan suspender

por completo la predicación de la

palabra de Dios en otras iglesias.

54. Oféndese a la palabra de Dios, cuando en

un mismo sermón se dedica tanto o más

tiempo a las indulgencias que a ella.

55. Ha de ser la intención del Papa que si las

indulgencias (que muy poco significan) se

celebran con una campana, una procesión y

una ceremonia, el evangelio (que es lo más

importante)deba predicarse con cien campanas,

cien procesiones y cien ceremonias.

56. Los tesoros de la iglesia, de donde el Papa

distribuye las indulgencias, no son ni suficientemente

mencionados ni conocidos entre

el pueblo de Dios.

57. Que en todo caso no son temporales resulta

evidente por el hecho de que muchos de los

pregoneros no los derrochan, sino más bien

los atesoran.

58. Tampoco son los méritos de Cristo y de los

santos, porque éstos siempre obran, sin la

intervención del Papa, la gracia del hombre

interior y la cruz, la muerte y el infierno del

hombre exterior.

59. San Lorenzo dijo que los tesoros de la iglesia

eran los pobres, mas hablaba usando el

término en el sentido de su época.

60. No hablamos exageradamente si afirmamos

que las llaves de la iglesia (donadas

por el mérito de Cristo) constituyen ese tesoro.

61. Esta claro, pues, que para la remisión de las

penas y de los casos reservados, basta con

la sola potestad del Papa.

62. El verdadero tesoro de la iglesia es el sacrosanto

evangelio de la gloria y de la gracia de

Dios.

63. Empero este tesoro es, con razón, muy

odiado, puesto que hace que los primeros

sean postreros.

64. En cambio, el tesoro de las indulgencias,

con razón, es sumamente grato, porque

hace que los postreros sean primeros.

65. Por ello, los tesoros del evangelio son redes

con las cuales en otros tiempos se pescaban

a hombres poseedores de bienes.

66. Los tesoros de las indulgencias son redes

con las cuales ahora se pescan las riquezas

de los hombres.

67. Respecto a las indulgencias que los predicadores

pregonan con gracias máximas, se

entiende que efectivamente lo son en cuanto

proporcionan ganancias.

68. No obstante, son las gracias más pequeñas

en comparación con la gracia de Dios y la

piedad de la cruz.

69. Los obispos y curas están obligados a admitir

con toda reverencia a los comisarios de

las indulgencias apostólicas.

70. Pero tienen el deber aún más de vigilar con

todos sus ojos y escuchar con todos sus oídos,

para que esos hombres no prediquen

sus propios ensueños en lugar de lo que el

Papa les ha encomendado.

71. Quién habla contra la verdad de las indulgencias

apostólicas, sea anatema y maldito.

72. Mas quien se preocupa por los excesos y

demasías verbales de los predicadores de

indulgencias, sea bendito.

73. Así como el Papa justamente fulmina excomunión

contra los que maquinan algo,

con cualquier artimaña de venta en perjuicio

de las indulgencias.

74. Tanto más trata de condenar a los que bajo

el pretexto de las indulgencias, intrigan en

perjuicio de la caridad y la verdad.

75. Es un disparate pensar que las indulgencias

del Papa sean tan eficaces como para que

puedan absolver, para hablar de algo imposible,

a un hombre que haya violado a la

madre de Dios.

76. Decimos por el contrario, que las indulgencias

papales no pueden borrar el más leve

de los pecados veniales, en concierne a la

culpa.

77. Afirmar que si San Pedro fuese Papa hoy,

no podría conceder mayores gracias, constituye

una blasfemia contra San Pedro y el

Papa.

78. Sostenemos, por el contrario, que el actual

Papa, como cualquier otro, dispone de mayores

gracias, saber: el evangelio, las virtudes

espirituales, los dones de sanidad, etc.,

como se dice en 1ª de Corintios 12.

79. Es blasfemia aseverar que la cruz con las

armas papales llamativamente erecta,

equivale a la cruz de Cristo.

80. Tendrán que rendir cuenta los obispos,

curas y teólogos, al permitir que charlas tales

se propongan al pueblo.

81. Esta arbitraria predicación de indulgencias

hace que ni siquiera, aun para personas

cultas, resulte fácil salvar el respeto que se

debe al Papa, frente a las calumnias o preguntas

indudablemente sutiles de los laicos.

82. Por ejemplo: ¿Por qué el Papa no vacía el

purgatorio a causa de la santísima caridad

y la muy apremiante necesidad de las almas,

lo cual sería la más justa de todas las

razones si él redime un número infinito de

almas a causa del muy miserable dinero

para la construcción de la basílica, lo cual

es un motivo completamente insignificante?

83. Del mismo modo: ¿Por qué subsisten las

misas y aniversarios por los difuntos y por

qué el Papa no devuelve o permite retirar

las fundaciones instituidas en beneficio de

ellos, puesto que ya no es justo orar por los

redimidos?

84. Del mismo modo: ¿Qué es esta nueva piedad

de Dios y del Papa, según la cual conceden

al impío y enemigo de Dios, por medio

del dinero, redimir un alma pía y amiga

de Dios, y por que no la redimen más bien,

a causa de la necesidad, por gratuita caridad

hacia esa misma alma pía y amada?

85. Del mismo modo: ¿Por qué los cánones

penitenciales que de hecho y por el desuso

desde hace tiempo están abrogados y

muertos como tales, se satisfacen no obstante

hasta hoy por la concesión de indulgencias,

como si estuviesen en plena vigencia?

86. Del mismo modo: ¿Por qué el Papa, cuya

fortuna es hoy más abundante que la de los

más opulentos ricos, no construye tan sólo

una basílica de San Pedro de su propio dinero,

en lugar de hacerlo con el de los pobres

creyentes?

87. Del mismo modo: ¿Qué es lo que remite el

Papa y qué participación concede a los que

por una perfecta contrición tienen ya derecho

a una remisión y participación plenarias?

88. Del mismo modo: ¿Que bien mayor podría

hacerse a la iglesia si el Papa, como lo hace

ahora una vez, concediese estas remisiones

y participaciones cien veces por día a cualquiera

de los creyentes?

89. Dado que el Papa, por medio de sus indulgencias,

busca más la salvación de las almas

que el dinero, ¿por qué suspende las

cartas e indulgencias ya anteriormente

concedidas, si son igualmente eficaces?

90. Reprimir estos sagaces argumentos de los

laicos sólo por la fuerza, sin desvirtuarlos

con razones, significa exponer a la Iglesia

al Papa a la burla de sus enemigos y contribuir

a la desdicha de los cristianos.

91. Por tanto, si las indulgencias se predicasen

según el espíritu y la intención del Papa,

todas esas objeciones se resolverían con facilidad

o más bien no existirían.

92. Que se vayan, pues todos aquellos profetas

que dicen al pueblo de Cristo: "Paz, paz"; y

no hay paz.

93. Que prosperen todos aquellos profetas que

dicen al pueblo: "Cruz, cruz" y no hay cruz.

94. Es menester exhortar a los cristianos que se

esfuercen por seguir a Cristo, su cabeza, a

través de penas, muertes e infierno.

95. Y a confiar en que entrarán al cielo a través

de muchas tribulaciones, antes que por la

ilusoria seguridad de paz.

Wittenberg, 31 de octubre de 1517.
ARTÍN LUTERO, 1517