sábado, 30 de octubre de 2010

Lutero: padre de la reforma, hombre de la Biblia

por Plutarco Bonilla



Las «modas religiosas» sólo revelan un hecho: la extraordinaria fragilidad del conocimiento bíblico que poseen los cristianos de hoy en día. No nos referimos principalmente a la memorización de textos bíblicos, aunque lo consideramos un buen hábito y de suma importancia ...



Hace algunos años, cuando faltaba relativamente poco tiempo para celebrarse el 450 aniversario del fallecimiento de Martín Lutero (ocurrido un 18 de febrero), recorrió el mundo la noticia de un descubrimiento catalogado como «sensacional». En efecto, los periódicos de muchos países publicaron artículos con títulos semejantes a éstos: «Apareció la Biblia de Lutero», «Descubierta la Biblia de bolsillo de Lutero».



La noticia no podía ser más oportuna. Informaciones que se tenían de algunos aspectos de la vida del reformador del siglo XVI, basadas en testimonios muy posteriores y por ello, de segunda mano, han sido ahora ratificadas como verdaderas.



La Biblia en cuestión fue descubierta por el investigador español Manuel Santos Noya, en la Biblioteca Estatal de Wittenberg, donde se dedicaba a catalogar viejas Biblias latinas. Al parecer, en dicha biblioteca hay unas catorce mil Biblias, en más de doscientos idiomas. Mientras revisaba un ejemplar en latín de 1519, publicado en Lyon, al doctor Santos le llamó la atención que esa Biblia tuviera notas escritas a mano. El análisis cuidadoso de la caligrafía y el estudio del contenido de las notas han demostrado que se trata del ejemplar utilizado por el propio Martín Lutero cuando, en el castillo de Wartburg, entre 1521 y 1522, tradujo el Nuevo Testamento al alemán.Martín Lutero se desempeñó como profesor de Sagrada Escritura en la Universidad de Wittenberg, donde dictó cursos sobre los Salmos y las epístolas El hombre de la Biblia



Este descubrimiento da pie para recordar un hecho que fuera fundamental en el movimiento reformista iniciado por el monje agustino: el lugar importantísimo que la Biblia ocupó en la vida personal de Martín Lutero y en la reforma protestante, de la que fuera incansable paladín. Ese estatus privilegiado de la Sagrada Biblia, expresado en la conocida frase Sola Scriptura, ha sido herencia indiscutible de las iglesias hijas de la Reforma, y de todos aquellos movimientos que, aun sin nexo histórico con ella, recogieron el manto y se autodefinen como protestantes o evangélicos.



Martín Lutero fue el hombre de la Biblia. No en vano se desempeñó como profesor de Sagrada Escritura en la Universidad de Wittenberg, donde dictó cursos sobre los Salmos y sobre las epístolas a los Romanos y a los Gálatas. Cuando después de haber clavado sus 95 tesis en la puerta de la iglesia del castillo de Wittenberg lo conminaron para que se retractase de sus enseñanzas, contestó que no lo haría a menos que le demostraran, con base en las Escrituras, que estaba equivocado.



Como traductor de la Biblia a su idioma natal, Lutero contribuyó de manera decisiva a darle configuración al alemán literario de su época. Así lo han señalado los especialistas en la literatura de esa lengua. Pero, más que ese simple aspecto cultural por muy importante que sea, la vida y la obra del monje Martín se agigantan para la historia, tanto por la radicalidad (en el sentido etimológico de la palabra, de ir a las raíces) de sus posiciones teológicas, como por el legado que dejó a quienes, con sinceridad, quisieron adorar a Dios con toda libertad, según los dictados de su conciencia y bajo la guía inigualable de las Sagradas Letras.



Lugar de privilegio



Para él la Escritura ocupaba un lugar de privilegio en todo lo referido a las definiciones dogmáticas; es decir, a la determinación de la doctrina de la Iglesia. Ello no implicaba desprecio hacia otras formas de transmisión de la enseñanza cristiana (como por ejemplo, los documentos de los Padres de la Iglesia), sino subordinación de éstas a aquella. En otras palabras, los escritos cristianos a lo largo de los siglos son de incalculable valor para iluminar el sentido del texto bíblico; pero esos escritos han de ser juzgados a la luz de las Sagradas Escrituras, y no a la inversa. El patrón es la Biblia. Esta es la norma normans, o sea, la norma que norma, la regla que regula; lo otro, en tanto que sea de valor, será norma normata, es decir, norma que está sujeta a otra norma superior (lo que significa que se trata de una norma que es, a su vez, normada).



La Biblia descubierta, a la que nos hemos referido en el primer párrafo, debido a su tamaño ha sido calificada como «Biblia de bolsillo». Las notas manuscritas revelan que Lutero siguió usándola aun después de haber concluido la traducción. Podemos imaginarnos, quizás con sólo un pequeñísimo margen de error, que se trata de una Biblia que Lutero llevaba siempre consigo, lista para recibir las glosas marginales del inquieto biblista.



Esta comprensión que Lutero tenía de las Escrituras ha sido fundamental para todas las iglesias cristianas de la «tradición protestante» (en el amplio sentido del término, según apuntamos antes). Por eso son preocupantes algunos fenómenos que están proliferando últimamente entre las iglesias evangélicas.Conocer la Biblia es mucho más, que el sólo repetirla. La ignorancia en este aspecto nos convierte en presa fácil de cualquier «viento de doctrina». Uno de esos fenómenos en particular es en sobremanera inquietante. Nos referimos al desplazamiento de las Sagradas Escrituras hacia posiciones secundarias, en favor de la entronización de otros factores de la experiencia cristiana: los sentimientos (¿se estarán transformando esas iglesias en comunidades hedonistas, en las que se busca «pasar un rato tranquilo» y «sentirse bien y felices»?), una mal concebida «alabanza» (¿suplantarán con la música y el canto a la Biblia y a la teología en el lugar que les corresponde en la liturgia y en la vida cristiana?), y una pobre práctica de evangelización (importan ahora, más que la sencillez y las exigencias del mensaje del evangelio, el «teatrismo» y la espectacularidad que Jesús rechazó con tanto vigor en la tentación del desierto).



Modas religiosas



Lo anterior puede parecer muy duro, pero hemos estado en cultos evangélicos en los que no se ha leído la Biblia, o en los que se dedica al canto mucho más tiempo del que se dedica, en conjunto, a leer la Biblia y a comentarla. Para empeorar la situación, muchos de esos cánticos están vacíos de mensaje o tienen contenidos antibíblicos, o son simplemente repeticiones hasta el infinito de ciertas expresiones efectistas, con lo que lo único que se logra es crear un estado de «euforia» en el adorador. (A propósito, y si se nos permite el atrevimiento, recomendamos a los lectores buscar en el diccionario el significado de la palabra euforia).



Las «modas religiosas» (de las que tampoco se escapan ciertos sectores de la Iglesia Católica) sólo revelan un hecho: la extraordinaria fragilidad del conocimiento bíblico que poseen los cristianos de hoy en día. No nos referimos principalmente a la memorización de textos bíblicos, aunque lo consideramos un buen hábito y de suma importancia. Conocer la Biblia es mucho más, muchísimo más que el sólo repetirla. La ignorancia que muchos cristianos revelan en este aspecto los convierte en presa fácil de cualquier «viento de doctrina». Lo dicho resalta el significado y la pertinencia de la figura de Martín Lutero para nuestra época, aunque ya hayan transcurrido 450 años desde su fallecimiento. Esa memoria nos recuerda nuestra herencia (solían identificarnos como «el pueblo del Libro») y llama nuestra atención sobre la debilidad de nuestro cristianismo moderno, que subordina la Escritura a la emoción, en vez de subordinar esta última «a la Ley y los Profetas».